sábado, 11 de junio de 2016

La izquierda ante las políticas de austeridad: lecciones y mitos de la deuda alemana

Desde mediados de 2010 la Eurozona está experimentando una crisis estructural propia de un diseño defectuoso de la Unión Económica y Monetaria (UEM). Hoy por hoy, se mantiene la integridad del área monetaria a causa del desarrollo de unas medidas comunitarias excepcionales.

A grandes rasgos, por una parte, se ha creado el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) y el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Por otra, menos original, se han reforzado las paredes maestras del Tratado de Maastricht (1992) y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (1997) con el llamado Pacto Fiscal Europeo (2012); en términos generales, suponen una revalidación institucional de las políticas de consolidación fiscal.

No obstante, aunque la evidencia empírica ha indicado en numerosas ocasiones el potencial destructivo de la llamada austeridad expansiva, el directorio europeo ha señalado la necesidad de ser estrictos con los objetivos de déficit; ya que, argumentan, que esta es la razón principal del retraso en el crecimiento potencial de los países de la zona euro y la debilidad exterior de ciertas economías periféricas. Esta ortodoxia en política económica está llevando a límites interesantes al Banco Central Europeo (BCE), que se está viendo obligado, ante la losa deflacionista y el riesgo de default de algunas economías, a decir y hacer cosas poco habituales dada la naturaleza inicial del euro.


Como es obvio, este marco de ajuste macroeconómico impuesto combinado con la libre circulación de capitales y la moneda única, dificulta objetivamente la aplicación de políticas contracíclicas. En consecuencia, varios países europeos han sufrido grandes contracciones del Producto Interior Bruto (PIB) y altas tasas de desocupación. Esta espiral contractiva, la nefasta gestión de la crisis de la deuda y el coste de empezar a reestructurar el sistema financiero ha llevado a muchos países a contraer grandes obligaciones financieras.

El elevado coste social de estos sucesos ha acelerado el proceso de redefinición del contrato social en distintos países, hecho que en ocasiones ha derivado en crisis institucionales. La llegada de algunos gobiernos tecnocráticos a la dirección nacional de algunos países de la Unión no hace más que reafirmar el relato de excepcionalidad en que se ha movido –y se mueve- la UEM. Desde esta perspectiva, la izquierda ha planteado repetidamente la necesidad de construir artefactos políticos que sean capaces de llegar a las oficinas de los gobiernos nacionales e iniciar procesos de democratización varios.

Quedándonos en la economía, una reflexión pertinente ha sido pensar cómo evitar aplicar políticas de ajuste fiscal. Básicamente hay cuatro vías: la creación de dinero, la venta de activos, el crecimiento económico y la reestructuración/impago de la deuda. En el marco de este principio de realidad la izquierda ha hecho algunas consideraciones, cambiantes y poco claras, entorno a la cuestión de la deuda.

Un ejemplo paradigmático es el caso de Syriza, que ha ido modificando sus posicionamientos sobre la deuda griega conforme se iba aproximando a la victoria electoral. Esta modificación se podría resumir en una progresiva relajación de los supuestos de unilateralidad entorno al pago de la deuda y la apuesta por supuestos que incluyen necesariamente la resolución multilateral. De aquí que del posicionamiento inicial de ejecutar una moratoria y una auditoria de la deuda vinculante se pasase a una reformulación ambigua como es el caso de la propuesta de organizar una Conferencia Europea de la Deuda inspirada en el Acuerdo de Londres de 1953. Efeméride que supuso una quita superior al 50% de la deuda externa de la República Federal Alemana (RFA).

Curiosamente, este episodio de la segunda posguerra ha sido citado en varias ocasiones por diferentes organizaciones de izquierdas, tanto en apariciones en los medios de comunicación como en mensajes más formales como es el caso de la “Declaración de Barcelona” en el marco del I Foro del Sur de Europa celebrado en enero 2015.

El caso de la posguerra de Alemania Occidental es, sin duda, una historia de éxito. La evolución económica de la RFA, que no representaba más del 40% del territorio de la Alemania del Tercer Reich, realizó un proceso de reconstrucción económica excepcional y que ha sido definido por la historiografía moderna como el milagro económico alemán. No obstante, aunque resulta obvio que la liberación de obligaciones financieras dio oxígeno a la administración de Konrad Adenauer, es un mito considerar que este fuera el factor determinante del milagro.

Prueba de ello está en que la RFA ya presentaba síntomas de una recuperación espectacular previa a la quita de la deuda en 1953. Por ejemplo, en 1949 la RFA ya superó en PIB per cápita a la joven república italiana.[1] Alemania Occidental, generó unas ratios en formación de capital domestico respecto la ayuda norteamericana del Plan Marshall constantemente superiores a sus competidores entre 1948 y 1951.[2] En términos relativos, la capacidad exportadora germánica a Europa Occidental se multiplicó por más de seis entre 1948 y 1951, cuando Francia no fue capaz de acercarse a tres.[3] Esta tendencia también se confirma con el primer instrumento europeo de coordinación monetaria, la Unión Europea de Pagos (UEP), donde Alemania ya acumulaba un superávit de 584 millones de dólares durante el ejercicio de 1951-52, dato que contrasta con los déficits de 602 y 1492 millones de Francia y Gran Bretaña, respectivamente.[4]

El factor determinante del milagro se encuentra en la modificación de la política de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial respecto Alemania. En resumen, se pasa de una cierta política de contención a Alemania a una colaboración pragmática a partir de 1947. Según Josep Fontana a “Por el bien del Imperio”[5], Europa Occidental a principios de 1947 se encontraba a 18 meses de suspender pagos con Estados Unidos dada la rápida polvorización de divisas causadas por la dependencia comercial europea a la área dólar. Tanto Estados Unidos como sus potencias aliadas en Europa, entendieron que ante la incapacidad de Francia de sustituir la centralidad económica alemana, el inicio de la Guerra Fría y la alarmante crisis de abastecimiento sufrida durante el duro invierno de 1946; resultaba políticamente arriesgado y económicamente poco realista – como ya habían señalado varios analistas- prescindir del potencial económico alemán. Es en este punto donde, la política más o menos promovida de 1944 a 1947 basada en el castigo político y económico a Alemania se transformó en una reticente pero necesaria política de colaboración.

Por tanto, el inicio de la historia del éxito alemán se encuentra en dos grandes cuestiones: la primera, en la necesidad de las potencias aliadas de apropiarse de un abastecimiento regular de exportaciones alemanas que redujese el riesgo sistémico de una crisis posbélica por desequilibrio exterior causada por la excesiva dependencia a los Estados Unidos, y  la segunda, dotar a Europa Occidental de la estabilidad política suficiente que permitiera una aplicación eficaz de la estrategia inicial de Containment contra la Unión Soviética. Fue entonces cuando la multilateralidad del Acuerdo de Londres de 1953 fue una consecuencia lógica una vez decidido –o impuesto- el papel que debía jugar la RFA en el nuevo orden económico internacional.

Capitulando, resulta de difícil comprensión la razón por la cual ciertos sectores de la izquierda sitúan el caso alemán como referencia para los países periféricos. Alemania pudo negociar su deuda gracias a un apoyo internacional de los Estados Unidos y una demanda real de sus productos de exportación que lo hacían imprescindible dentro de una coyuntura excepcional. En el caso de la Europa periférica es exactamente lo contrario, lo que pasa es que estos países tienden a tener una balanza de pagos negativa, hecho que les da un poder de negociación realmente escaso y una dependencia exterior prácticamente estructural.

En esencia, la coyuntura internacional y las composiciones orgánicas de las economías son clave para una comprensión integral de la segunda posguerra y representan una buena lección para los que hoy quieren comprender mejor el funcionamiento de Europa y las complejidades de los cambios políticos de profundidad.

En conclusión, el triste caso de Syriza es un aviso a navegantes: el análisis de las izquierdas es sesgado y la evidencia empírica lo demuestra. Resultará complicado construir una alternativa razonable a las políticas de austeridad sin dimensionar cuál es la situación y el papel de nuestros países en el Proyecto Europeo. Tampoco sin alternativas unilaterales preparadas para ser ejecutadas en caso de que, por ejemplo, el escenario de la Conferencia Europea de la Deuda fracase. Si no se modifica la línea política de sumisión a la multilateralidad, se correrá el grave riesgo de entonar, como parte de la izquierda griega, el “no hay alternativa”.

[1] Angus Maddison contents, http://www.ggdc.net/MADDISON/oriindex.htm , Section “Stadistics on World Population, GDP and Per Capita GDP”
[2] Maier, Charles S. 1981. The two postwar eras and the conditions for stability in twentieth-century Western Europe.American Historical Review 86(2): 327-352
[3] Alan S Milward, The Reconstruction of Western Europe, 1945-51 (United Kingdom: Methuen and Co. Ltd, 1984), 257,Table 30
[4] Milward, The European Rescue of Nation-State, (United Kingdom, Routledge, 1992) 401


[5] Ed. Pasado&Presente, 2011